Nota de opinión

Los ojos de Lucía

Los ojos de Lucía ya no pueden abrirse, pero nadie podrá cerrarlos en nuestro corazón. Están ahí, silenciosos.

Mirando.

Preguntándonos cuánto vale una vida.

Preguntándonos si alguna sentencia puede aliviar el vacío de una madre y un padre.

Preguntándonos si, de verdad, todos somos iguales ante la ley.

La Justicia habló. Lo hizo con los argumentos que el derecho le permite. Y en una República, las sentencias deben ser respetadas. Pero el respeto por las decisiones judiciales no impide que la ciudadanía reflexione, pregunte y, cuando lo considere necesario, exprese su dolor o su disconformidad por los caminos que la propia ley establece.
Porque una sentencia puede cerrar un expediente. Lo que jamás podrá cerrar es el dormitorio de una hija que quedó vacío.

Hoy terminó un juicio. O, mejor dicho, terminó una instancia judicial. Porque hay causas que no terminan el día en que un juez lee una sentencia. Continúan viviendo en el corazón de una familia, en la memoria de una comunidad y en la conciencia de una sociedad que sigue buscando respuestas.
Los ojos de Lucía también parecen preguntarnos si todos somos iguales frente a la ley.

Si los dos protagonistas recorrieron el mismo camino judicial.

Si todas las responsabilidades fueron examinadas con la misma intensidad.

Son preguntas que una parte importante de la sociedad sanjuanina sigue formulándose y que explican por qué este caso continúa generando una profunda inquietud.
Y cuando esas preguntas permanecen sin disiparse, no solo sufre una familia. También se resiente la confianza de la comunidad en una institución que debe ser el último refugio de la igualdad.
La Justicia no solo tiene que ser imparcial. También debe transmitir, sin sombras ni privilegios, que todos somos exactamente iguales ante la ley. Sin apellidos que pesen más. Sin vínculos que inclinen la balanza. Sin diferencias que puedan sembrar dudas en la conciencia colectiva.

Pero, por encima de todo, los ojos de Lucía nos recuerdan algo mucho más simple y mucho más profundo.
Que una vida vale más que cualquier imprudencia.
Que una familia no debería aprender a convivir con una ausencia provocada por decisiones evitables.
Que ningún padre debería visitar un cementerio cuando debería estar abrazando a su hija.
Y que hay condenas que ningún juez dicta, pero que duran para siempre.
La de una madre que seguirá poniendo un plato menos en la mesa.
La de un padre que nunca dejará de preguntarse cómo habría sido el futuro de su hija.
La de unos amigos que siempre encontrarán un lugar vacío en cada recuerdo.
Quizás, con el paso del tiempo, este expediente ocupe un lugar más en los archivos judiciales.

Pero los ojos de Lucía seguirán abiertos en la memoria de San Juan.
Mirándonos.
Recordándonos que la Justicia no solamente debe dictar sentencias. También debe alimentar la esperanza de que la verdad, la igualdad ante la ley y el valor de la vida humana nunca dejan de ser el horizonte al que una sociedad aspira.
Porque mientras los ojos de Lucía sigan mirándonos desde la memoria, también nos seguirán preguntando qué hicimos, qué aprendimos y qué estamos dispuestos a cambiar para que ninguna otra familia tenga que vivir un dolor como este.

El tiempo podrá pasar. Los expedientes podrán archivarse. Las sentencias podrán quedar firmes.
Pero hay una mirada que nunca prescribirá.
Hasta el último de sus días y dondequiera que estén, a los dos responsables de su muerte, los seguirán mirando…los ojos de Lucía.

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