Nota de opinión

Qué pasó con la plata de la minería y la campana de Toronto

El silencio tiene precio. Si hay temas de los que no se habla ni se habló en las redacciones, en las cámaras empresariales o en las sedes sindicales, no es por falta de información, sino por exceso de compromisos. La pregunta que flota en el aire y nadie se anima a soltar es: ¿Dónde está la plata de la minería que le falta a los sanjuaninos? Pero nadie la hace porque, en este San Juan de los últimos 20 años, casi todos los que tenían voz o una firma le deben algo a aquel peronismo de turno.

Son las «viudas del poder caduco», pero no viudas por dolor, sino por conveniencia. Algunos fueron socios en los negocios de la obra pública, otros beneficiados con ser testaferros de empresas; y muchos más, receptores de favores que hoy los mantienen atados de pies y manos. El miedo que recorre los pasillos no es un miedo ideológico: es el terror a perder los privilegios y, sobre todo, el miedo a que el sistema de impunidad se termine. Otros no hablan por el temor a que vuelvan a ejercer el poder. Tienen pánico de que el pasado regrese para cobrarles las cuentas, pero también tienen pánico de que este nuevo aire de minería los deje finalmente a la intemperie.

Veamos cómo fue la «ingeniería del favor» de la vieja minería.  Cómo camuflaron el despojo
Para que este esquema de favores y enriquecimientos funcionara, se necesitó una estrategia del desvío que nadie se atrevió a cuestionar mientras se repartían la torta:

Lo que se hizo fue una maliciosa picardía, camuflaron la Ley 1.296-E (publicada en el Boletín Oficial el 19 de noviembre de 2014) Mientras el peronismo gobernaba, la legislatura con mayoría justicialista le quitó la identidad a los fideicomisos mineros de Jáchal e Iglesia. Aprobaron el Decreto Nº 2141-M-2014 y los transformaron en una «caja genérica» para financiar las fantasías faraónicas de la Capital, lejos de donde sale la riqueza. Fue el ardid perfecto: sacarle la plata al interior para alimentar la maquinaria de los «amigos» del poder…o sea del poder y sus amigos.

El Banco San Juan fue el cajero del sistema, ya que su rol como fiduciario fue la pieza clave. No fue un guardián, fue un facilitador que se puso las anteojeras a cambio de comisiones millonarias. Permitió que la política de Gioja y Uñac manoteara los fondos mineros como si fueran propios, garantizando que el flujo de dinero hacia los «socios del silencio» nunca se detuviera. Se formó una suerte de Club de los beneficiarios, porque se usó la liquidez de la minería para asegurar los cobros de un puñado de empresas privilegiadas. El caso a citar como único ejemplo comprobado en la Justicia es el de Gustavo Monti con su «llamativo enriquecimiento» según el fallo del Juez Rollán. Este es solo el espejo donde deberían mirarse muchos otros que hoy fingen demencia. Se enriquecieron con la plata que debía ir a las escuelas y rutas de la cordillera, y hoy se esconden detrás de su silencio cobarde. No solo fueron decisiones administrativas, sino una trampa de ingeniería jurídica para que esa montaña de dinero se mezclara con la recaudación provincial, y declararlos «Fondos para la Infraestructura económica estratégica». Crearon una caja libre y le quitaron la identidad a la Ley aún vigente. Por eso si googleas, te sale que los fideicomisos son sólo para ser usados en inversiones de infraestructura en zonas mineras. 

Dicho más directamente es así: Por definición, un fideicomiso es un «patrimonio de afectación separada». Es decir, esa plata no puede mezclarse con la caja común (Rentas Generales) porque tiene un fin específico (obras en Jáchal e Iglesia). Lo que hicieron con el decreto de 2014 fue crear una figura que permitía que el Ministerio de Minería «transfiriera» fondos de los fideicomisos a cuentas de la Tesorería General bajo el concepto de «Aportes para Obras de Infraestructura Estratégica». Y aquí venía el engaño, mezclaban la plata, porque una vez que entraba en la cuenta de la Tesorería (Rentas Generales), perdía su «color minero». Ahí es donde se producía la mezcla con la recaudación propia y las regalías. Al mezclarse, se volvía indistinguible y el gobierno podía usarla para pagar certificados de cualquier obra —como el Acueducto— o incluso para cubrir baches de gasto corriente, sin que nadie pudiera rastrear que ese dólar específico venía del oro de Jáchal. El resultado fue que el fideicomiso dejaba de ser un fondo de ahorro para el desarrollo y pasaba a ser una caja de flujo para el gobierno central.

¿Por qué es un desfalco? Porque al pasar a Rentas Generales, el control sobre el fin específico del dinero se diluía. Era la forma legal de «robarle» el destino a la plata. Las regalías siempre fueron a Rentas Generales (se reparten por coparticipación), pero los Fideicomisos debían estar protegidos. Al usar este ardid, «unificaron las cajas» de hecho, aunque en los papeles dijeran que eran cosas distintas.

Por eso esos 331 millones de dólares desaparecieron en la marea de la recaudación provincial, financiando la «vidriera» de la Capital mientras el interior se quedaba con las manos vacías.

He aquí la explicación de por qué los 331.877.551 de dólares de fideicomisos no están en ningún lado. Por eso Iglesia es un pueblo que se quedó en el tiempo, tuvimos la minería produciendo a pleno, el precio del oro por las nubes y fondos nacionales que hoy parecen un sueño. Pero el resultado es una provincia con infraestructura de hace 60 años. Se priorizó la lealtad partidaria por sobre la decencia técnica.

Se invirtió en cemento electoral y no en educación ni en sentido de pertenencia. Por eso hoy vemos frustración social. Fueron 20 años tirados a la basura. San Juan desperdició su época de mayor riqueza por la soberbia de una gestión que creyó que podía disfrazar de «interés provincial» lo que en realidad fue un saqueo a la provincia y especialmente a los departamentos que ponen el cuerpo y el suelo.

Otro tanto sucede con las regalías. Durante 20 años de billetera gorda, San Juan se dedicó a la «maqueta». Hicieron un Velódromo y un Estadio del Bicentenario, financiados con el 55% de las regalías que caen naturalmente en la bolsa sin fondo de Rentas Generales. Mientras tanto, el San Juan profundo quedó atrasado.

Hoy San Juan se encuentra ante un espejo que le devuelve dos realidades opuestas.

Por un lado, ese pasado de 20 años con una ingeniería del desvío diseñada para que la riqueza de nuestra cordillera terminara en los bolsillos de un puñado de privilegiados. Por otro lado, el presente: una provincia que abre la jornada en la Bolsa de Toronto, con el mundo entero como testigo de un serio resurgimiento.

Por eso, el contraste con lo que acaba de pasar en la Bolsa de Toronto (TSX) es tan fuerte. San Juan abriendo la jornada bursátil más importante del mundo minero es el fin del modelo de la «mesa chica». Toronto no acepta favores, acepta transparencia. Pasar del oscurantismo de aquel Banco San Juan a la vidriera de BNN Bloomberg y los mercados globales es el cambio que tanto aterra a las «viudas» de la gestión anterior. Esa foto de Orrego apretando el botoncito, hizo colapsar las salas de urgencia del PJ.

El mundo nos está mirando porque ve que, por primera vez en dos décadas, San Juan no es el feudo de un grupo de socios, sino una provincia que quiere jugar limpio. La minería es el futuro, pero no será para todos si permitimos que los mismos que se enriquecieron en el pasado sigan manejando el relato. La explosión minera se dará de lleno con una elección a Gobernador en el medio. No podemos aceptar lecciones de moral de un sindicalismo empresarial que entregó a los mineros por una obra pública, ni de políticos que tienen sueños húmedos con recuperar la calle Paula a cualquier costo.

El «campanazo» de Toronto debe ser el despertador definitivo. Se terminó el tiempo de los favores y el camuflaje. La riqueza de San Juan es para los sanjuaninos, no para pagar las deudas de gratitud de los cómplices de siempre. Hoy elegimos tener nuevos horizontes, para que nunca más el miedo a que vuelvan nos obligue a bajar la cabeza.

 

 

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