Nota de opinión

El elogio de la derrota

Argentina fue grande aun habiendo perdido

España nos ganó 1 a 0. Gol de Ferran Torres en el alargue. Argentina no fue campeona del mundo. Eso es todo lo que hay que decir del partido.

Porque lo demás no es fútbol. Es otra cosa.

Esta noche, en las calles de Buenos Aires, de Rosario, de Córdoba, de San Juan, no hay violencia. No hay insultos. No hay roturas…no está el «loco del mortero».  Hay gente que sale a la calle a agradecerle a la selección. «Gracias», dicen. «Gracias por todo». Y se van a dormir con el orgullo intacto.

¿Cuándo fue la última vez que vimos eso en Argentina? ¿Cuándo aprendimos a perder así?

Los argentinos somos enfermos del exitismo. Un resultado nos divide, nos parte, nos vuelve locos. Pareciera que si no se gana la copa, todo lo anterior no existe. Que los 19 goles en el torneo, las remontadas épicas, las tres prórrogas, la lucha hasta el último minuto con un hombre menos, no valen nada frente a un 1-0 en contra.

Pero esta noche es distinto.

Esta noche la gente no pregunta «¿qué somos?». Esta noche la gente dice «gracias».

Y ese agradecimiento es más grande que cualquier copa, y les aseguro que no es un consuelo de tontos.

Porque Lionel Messi, a los 39 años, disputó su último Mundial y se fue llorando. Pero no se fue llorando de vergüenza. Se fue llorando de amor por lo que hizo durante veinte años. Y recorrió el campo saludando a cada rival, como un caballero.

Porque Lionel Scaloni, el entrenador del ciclo más ganador de la historia argentina, no buscó excusas. No reclamó. No señaló a nadie. Abrazó a sus jugadores, felicitó a España y se fue con la frente en alto.

Porque el Dibu Martínez, que fue figura, y Enzo Fernández, que se fue expulsado, y De Paul, y cada uno de los 23, dejaron todo hasta el último segundo. Y cuando el árbitro pitó el final, no hubo un solo gesto fuera de lugar. Hubo respeto.

Y hay algo más, que quizás es lo más importante de todo.

Esta selección argentina está divorciada de la política. No se deja usar por nadie. Y eso, en un país donde todo se politiza, donde cada logro es inmediatamente secuestrado por algún sector para facturar réditos, es casi un milagro. A Messi lo criticaron los estúpidos porque se sacó una foto con Donald Trump. No entendieron nada. Esa foto no fue un gesto político. Fue la muestra de un tipo que respeta a una autoridad mundial, que no necesita hacer banderas de cada cosa, que entiende que la grandeza también está en la cortesía, en el respeto institucional, en no rebajarse a la grieta.

Esta selección no es de ningún gobierno, de ningún partido, de ningún movimiento. No es de los que quieren vestirla de un color ni de los que quieren pintarla de otro. Es de la gente. Punto. Y por eso la gente la abraza hoy, en la derrota, más que nunca. Porque intuye que este equipo le pertenece, que no hay intermediarios, que no hay apropiación política posible.

Ni la victoria ni la derrota son armas políticas. Son emociones, sentimientos, enseñanzas. Y esta selección nos enseñó algo que ningún político puede darnos: que se puede perder con dignidad, que se puede ser grande sin una copa, que el respeto vale más que cualquier resultado.

El éxito no es eterno. No es propiedad de nadie. No se mide solo en estrellas bordadas en el pecho. Se mide en cómo se compite, en cómo se trata al rival, en cómo se levanta al que cayó, en cómo se acepta que el otro fue mejor.

Esta nota solo se podría escribir con Argentina no siendo campeón del mundo. Si hubiera ganado, nadie la aceptaría. Porque la victoria nos nubla, nos justifica, nos vuelve sordos a cualquier reflexión. La derrota, en cambio, nos obliga a mirarnos.

Y esta noche, los argentinos nos miramos y nos gustó lo que vimos. Es sólo fútbol, es nada más y nada menos que fútbol. Y el equipo es un grupo de muchachos que se divierten jugando a la pelota, que se valoran, respetan y cuidan entre sí.

Un equipo que perdió con dignidad. Una gente que agradece en lugar de insultar. Una selección que no es de nadie, porque es de todos. Y una derrota que, lejos de enterrarnos, nos enseñó a volver a levantarnos.

Porque los argentinos no nos quedamos en el piso, nos levantamos.

Siempre.

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