
«No busquemos otra cosa»: la pelota es la pelota, y Malvinas es Malvinas
Argentina e Inglaterra se cruzan en una semifinal del Mundial. Y en la conferencia de prensa posterior al triunfo ante Suiza, un periodista le preguntó a Lionel Scaloni, con ese tono que busca más el título que la información, «qué significación tiene para Argentina jugar contra Inglaterra». La respuesta del técnico santafesino fue tan cortante como certera: «Es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa».
Uno podría decir: «claro, es una obviedad». Pero no, no es una obviedad. No en este país.
Porque desde hace décadas, cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra en una cancha, vuelve a flote el fantasma de 1982. La Guerra de Malvinas. Los héroes que no volvieron. La herida abierta. Hay quienes se suben a ese sentimiento genuino para fabricar un nacionalismo barato de micrófono, como si un gol de Maradona en el 86 o un penal de Messi fueran una reconquista. Como si la cancha fuera un campo de batalla y los jugadores, soldados.
No. No lo son.
El fútbol es fútbol. Las Malvinas son las Malvinas. Y mezclarlas no solo es un error conceptual, sino una falta de respeto hacia los 649 argentinos que dieron la vida en el conflicto.
Scaloni lo entendió perfectamente. Cuando el periodista insistió, el DT fue todavía más claro: «Da igual que sea Inglaterra, que sea Noruega». No se trata de desdramatizar el partido que por historia futbolística tiene bastante. Desde el año 1966 cuando en cuartos de final del Mundial de Inglaterra, se produjo la polémica expulsión de Rattín por el árbitro alemán Kreitlein, los insultos de Alf Ramsey llamando «animales» a los argentinos. Una bronca histórica. La Mano de Dios de Diego en el 86, los penales del 98— ya tiene épica de sobra. Se trata de no vestir la camiseta con condecoraciones que no le corresponden.
Hay cierta madurez institucional en esa declaración. Una selección que viene de ser campeona del mundo y que ha construido un grupo humano extraordinario no necesita alimentar rivalidades políticas para motivarse. Se motiva con fútbol. Con estrategia. Con saber que enfrente hay un equipo que dirige Thomas Tuchel, que tiene sus virtudes y sus debilidades. Punto.
Hacer de cada Argentina-Inglaterra un revisionismo de Malvinas es, además, una trampa discursiva. Porque termina banalizando la guerra, convirtiéndola en un recurso retórico que se activa cada cuatro años. Como si los caídos en el Atlántico Sur fueran una estadística que se infla para darle dramatismo a un partido.
No.
Malvinas merece mucho más que ser el condimento de una transmisión de fútbol. Merece memoria, merece reclamo diplomático, merece política de Estado. No una bandera en la tribuna mientras suena el himno.
El 15 de julio en Atlanta, once argentinos van a jugar contra once ingleses. Va a haber pases, goles, atajadas, errores, aciertos. El que gane, va a la final del Mundial. El que pierda, se vuelve a casa con el tercer o cuarto puesto y la cabeza alta si dejó todo en la cancha.
Pero acá no se va a dirimir una soberanía ni se va a vengar una guerra. Porque en 1982 no hubo ningún partido de vuelta. Y eso no se arregla con un resultado deportivo.
Fue genial lo de Scaloni, por poner las cosas en su lugar. Por decir lo que muchos no se animan a decir por miedo a que los acusen de «poco patriotas». Un técnico que entiende que la camiseta albiceleste pesa, sí, pero que el peso de una guerra no se mide en un partido de fútbol por llegar a la final de un mundial.
El fútbol nos une. Malvinas nos duele.
Y cuando hablo de unir no hablo de cualquier cosa: hablo de la pasión más genuina que tiene este país, la que nos hace cantar el himno con la mano en el pecho ante un partido de la Selección. Eso es fútbol. Y es hermoso porque no nos divide, nos abraza.
Malvinas es otra cosa. Malvinas es memoria, es reclamo, es soberanía. Malvinas son los héroes que dejaron la vida en el Atlántico Sur. Hombres que, a pesar de su juventud, sabían lo que hacían. Que estaban dispuestos a dar la vida por la patria. Y eso no se juega. No se patea. No se grita en una tribuna.
Separar esto no es restarle importancia al partido. Es darle a cada cosa su lugar. Ser argentino es también saber distinguir: cuándo cantar y cuándo guardar silencio. Cuándo alentar y cuándo recordar.
El 15 de julio vamos a alentar como nunca. Pero sin olvidar que hay causas que no se definen con un resultado deportivo. Porque mientras el fútbol nos encuentra, Malvinas nos compromete. Y son cosas distintas. Muy distintas.
Eso, justamente, es lo que hay que entender cuando Scaloni dIjo: «NO BUSQUEMOS OTRA COSA»









