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Cuando yo era niño

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Aquellos tiempos de niñez se recuerdan desde un album de fotos de papel. Los cumpleaños, la torta hecha por mi madre adornada por el payaso con cara de plástico y cuerpo de tul que se usó desde los 4 hasta los 11 para ponerlo sobre el pastel, rodeado por velitas que hacían siempre el mismo dibujo. Reuniones con mucha comida, invitados casi todos mayores y familiares, carteles, corona y gorros de «El Porteñito», y seis o siete niños vecinos de la cuadra. Jugábamos todo el santo dia en la calle sin trasponer el radio acordado, y si el plan era salir de la cuadra, había que pedir permiso. Epocas de remontar el «volantin» y jugar hasta que la tarde se quedaba sin luz a las balitas para terminar «acolichado» y volver a casa sin nada. Autódromos construidos con barro, latas a modo de puentes, las cajas de zapatos eran edificios y los autos de plástico que experimentaban una transformación en manos de los más expertos en la materia. El «alto ahí», «sal pimienta o ají», la pilladita, el fútbol en la calle con arcos de piedras y camperas, la discusión por un foul y terminar a las piñas, el «anillito» y la «botella» que daba vueltas hasta lograr el beso de la chica que enamoraba. 

Eramos niños y jugábamos. Los grandes a veces organizaban campeonatos de fútbol o carreras de patinaje en la unica calle asfaltada del Belgrano y la bronca por perder con el Capitán Lazo, no era tarea fácil de digerir. Hicimos un grupo numeroso de hijos de vecinos. El de la voz finita era «el violin», el de la hermana bonita era «el cuñao», el más educado y de buen trato «la nena», el que no podía correr bien «el clueco», el más morocho era «el hematoma» y su hermano más negrito aún era «el meconio». Y así todos con su cruz a cuestas. Nos peleábamos y pasaban dias sin ruido de niños en las calles. ¡No te juntás más con esa porquería! decía mi mamá con gesto de enojo. No te quiero ver más con ese niño y blablabla. Nunca duraron demasiado las lejanías, todo se arreglaba un buen dia al grito de  «Ovaldooo, vamoajugá?». Todo quedaba atrás hasta el próximo piñerío. Había bulling, ofensas, y golpes. Y si era grave la cuestión, los padres hablaban al lado del auto antes de irse a trabajar y aclaraban los tantos.

Cuando yo era niño, el médico iba a casa y te revisaba en tu propia cama. La escuela era para ir a aprender y «no ser un obrero como tu padre». La maestra era de verdad la segunda madre, la queríamos y la respetábamos. La directora siempre un ser distante pero nunca indiferente, mientras que el señor que vendía golosinas en la puerta, luchaba contra los calores sanjuaninos para que no se hicieran agua los helados 2×1. En casa se leía en voz alta, y nos bañaban en un fuentón de metal.  Poca televisión y mucha radio con las novelas auspiciadas por Jabón Palmolive, las siestas del Hermano Pablo y el informe meteorológico con Don Bernardo Razquin. Niñez de colectivos viejos, ruidosos y de puertas con manija que pasaban cada muerte de obispo. La hermana mayor siempre como un angel de la guarda cuidando a los mas chicos.  Niñez de alardear con las Sacachispas nuevas y su inexorable olor, con la camiseta del arquero de Boca para sentirme el Loco Gatti en los tres palos del Belgrano.

Así era ser niño 40 años atrás. Allí quedaron esos buenos viejos tiempos de casas siempre en construcción, de pintura en familia, de los mates en la cama y la bendición con una cruz en la frente cada noche. Correr hasta querdar sin aire,  trepar paredes y arboles a destajo, tomar un helado de Soppelsa cuando el viejo cobraba el sueldo del Banco Hpotecario y Coca sólo en algún cumpleaños de 15.

Niñez bien de niño, bien vivida…bien recordada.

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