
Aquel abrazo de la Señorita Clarita
Mi memoria de aquellos cinco años está teñida de una sensibilidad casi dolorosa. Yo era un niño que habitaba la periferia del ruido, absorbiendo la desazón del mundo como un lienzo sensible. Mi casa la noche anterior, había sido un campo de batalla de voces; el estruendo del golpe en la mesa y el portazo se habían quedado adheridos a mi pecho como una escarcha fría. No fue nada extraordinario, sólo una de esas peleas entre padres que suelen ser habituales en otros hogares, pero en el mío y frente a mí, fue la primera.
Al día siguiente, cuando llegué al Jardín de Infantes de la Escuela Candelaria de Godoy, mi presencia se hizo espectral. Mal dormido por tanta angustia me instalé en el escritorio, no para jugar, sino para custodiar mi pena. Mi única ventana al exterior era ese sol de juguete: un semicírculo mudo cuyos rayos esperaban ser poblados por bolitas de colores. Pero yo estaba sumergido, con la garganta anudada por un silencio que gritaba, mirando ese sol inerte mientras la manzana y las galletitas Manón en mi canasta de mimbre se volvían irrelevantes ante el hambre del espíritu.
La jornada era un tedio suspendido. Y en ese limbo, Clarita mi señorita de jardín de infantes me observó. Ella, que había conversado con mi hermana en el recreo, esperó mi momento. No el momento de la campana, sino el momento exacto en que la fragilidad se hacía insostenible.
Ya terminando ese eterno día de clases y cuando me dispuse a recoger mis pocas cosas, ella se movió con una lentitud consciente. Descendió. Se arrodilló frente a mí hasta que el mundo adulto se disolvió y solo existimos ella y yo, cara a cara en la misma latitud del dolor.
No hizo falta ni un sonido ni una sola palabra. Solo el acto puro de la presencia: sus manos sobre mis hombros y, luego, el contacto que redefinió mi universo: un abrazo.
No fue consuelo; fue una reconexión. En esa calidez firme, sentí que el nudo se aflojaba, que el eco de la discusión se silenciaba. Lloré calladito aquella liberación, la certeza de que, en medio de la indiferencia a mi infinita tristeza de niño que había visto por primera vez a sus padres levantarse la voz, se encendió un faro humano.
El abrazo de Clarita me enseñó que la mejor bendición de un educador es la capacidad de leer el silencio, de arrodillarse ante la inocencia quebrada y ofrecer, sin pedir nada a cambio, el refugio más sólido que existe: la ternura como acto de fe.
Nota: Este es un homenaje en vida a la Señorita Clarita Vaggione, mi inolvidable maestra de Jardín de infantes en la escuela Candelaria de Godoy. Ella, con aquel enorme gesto de amor, me dio las tempranas herramientas para llegar a casa y poder abrazar a mis padres con el amor intacto.









