Entre la grandeza y el quebranto – Estación Claridad
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Entre la grandeza y el quebranto

Doña Jovita presentó su obra en el Auditorio Juan Victoria y lo llenó de vida.

Una viejita irrumpe en un consultorio del  Hospital  buscando curar sus penas, mientras un doctor al que cree sacerdote prepara una clase magistral. Insiste en nombrarlo cura y el médico le aclara una y otra vez que está con un profesional de la medicina. Doña Jovita va buscando alivio al dolor que le causa sentir rencor contra su amiga  «la Estevia», una situación «embarazosa» causada por un burro arremetedor. Desde allí comienzan a surgir como cuentas de un rosario los males de la improvisada paciente, que sigue figurando el  hospital como una Iglesia. La trama de la historia es viva, agradable, delicada, pícara, muy risueña y de mucha miga ya que en cada tramo y dicho de manera sutil y efectiva, quedan en limpio enseñanzas y consejos. Algo que eleva el mensaje y lo saca del rincón de las vulgaridades reinantes en el rubro. La vieja busca ser perdonada y poder abrir su corazón. Sabe que las relaciones se han vuelto difíciles por la grieta de los fanatismos y los extremos, por eso suma otros males modernos como la adicción a las redes sociales y una dependencia al teléfono celular con un consiguiente sedentarismo que le paraliza «hasta las achuras».   Vale la pena detenerse en uno de los costados de la historia, justamente donde el Dr Presman va decantando un diagnóstico y la conclusión primera es que por esa grieta debe entrar la luz. Algo que en la Argentina de hoy parece imposible, puesto que percibir o sentir diferente al otro es una condena anticipada y es quimérico intentar compartir el escenario de la vida misma, con quien no sea partidario de mi línea de pensamiento. La obra deja entrelíneas un dato más que claro: los dolores seguirán creciendo si no volvemos a convivir con tolerancia, empezando por la aceptación de uno mismo. Y aquí me detengo.

Los protagonistas de «Entre la peperina y el clonazepam», son tan distintos en su vida diaria, que desde sus  diferencias marcan una correspondencia entre su arte y su persona. Cada uno es como es y lo son sin miramientos. Nada más saludable que disfrutar de un artista cuando sabemos que es buena gente. A veces dividir una cosa de otra es difícil o imposible. Vale decir,  consumir buen arte de un atorrante, o porque es un pan de Dios aceptar un mamarracho en calidad de artísticamente bueno. José Luis Serrano (Jovita), es artista, poeta, músico, compositor, estudioso y difusor de los usos y costumbres de la gente de campo. Cuidador incansable de esa vieja que carga sobre sus hombros desde hacen mas de 30 años, ganándole a la tentación de llevarla en un protagónico al cine o a la TV porteña a cambio de concesiones que hubieran terminado destruyendo el corazón de Doña Jovita. Serrano es hombre de fe, católico, embebido del amor por el  Cura Brochero, amigo del rito y la santidad. Obra y piensa en torno a estas convicciones.

Y a su lado, compartiendo escenarios y porciones de vida el Dr Carlos Presman. Para los sanjuaninos un luminoso hallazgo. Es doctor en Medicina, especialista en Medicina Interna y Terapia Intensiva. Se desempeña como docente de la Universidad Nacional de Córdoba en el área de Clínica Médica del Hospital Nacional de Clínicas, amante del deporte, muy reconocido y famoso en el ambiente de la salud, abierto, desenvuelto, recomienda caminar media hora por día, de mirada celeste y muy profunda. Buen tono de voz  y efectivo talante al comunicar. Escritor de los libros «Ni vivo ni muerto», «Letra de médico» y «Vivir 100 años». Dice que hace poco ha conocido la envidia de algunos colegas y la pesca es una pasión. Y es Judío. Lo ejerce con orgullo y sin grises. Y aquí nace la luz que ilumina la grieta. Cada uno tiene una idea y una meta. Se hablan, ensayan, aportan, construyen, se tientan, se ayudan. Y piensan de manera opuesta en infinidad de temas. Y suben al escenario…toman mate… conviven. Estuve en  la obra el domingo 5 de mayo en el Auditorio, me reí del ruido de las tripas, de la bombilla ocotera y de cada ocurrencia. Disfruté de Presman teniendo el corazón de Jovita en sus manos (parte crucial de la trama), diciéndole «escucho una música…esa que usted bailaba y la hacía feliz 20 años atrás».

Y así me fui de la sala, chocho de amor porque Doña Jovita le ganó a su penas y porque vi a un judío y un católico revalorizar la convivencia en un escenario y en la vida diaria. Porque esta es la encrucijada: la grandeza de la aceptación o el quebranto de la esperanza.

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Osvaldo Benmuyal

Director de Estación Claridad 97,1- Conductor del programa Con Alma y Vida

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